El camino a Tancítaro, pueblo de campesinos en Michoacán, pasa por barrios pobres y territorios controlados por cárteles, en este estado que es el centro de la guerra contra el narcotráfico en México, antes de llegar a un paisaje tan extraño que parece un espejismo.

En las torres de vigilancia de 4.5 metros de altura hay hombres apostados cuyos uniformes verdes no pertenecen a ninguna fuerza oficial. Pasando la torre, la estatua de un aguacate lleva la leyenda: “Capital mundial del aguacate”. Y después de la estatua se encuentra Tancítaro, una isla de seguridad y estabilidad que se ha mantenido después del año más violento de la historia de México.

Los propietarios locales de aguacatales, que exportan más de un millón de dólares en aguacates al día, principalmente a Estados Unidos, resguardan la que se ha convertido en una especie de ciudad-Estado independiente. Con autovigilancia y autogobierno, es un santuario donde los cárteles de la droga están ausentes, al igual que el Estado mexicano.

No obstante, detrás de la calma hay un pueblo bajo un estricto control, el cual yace en manos de grupos paramilitares que solo rinden cuentas a sus patrones. La adicción a las drogas y el suicidio se han disparado, según comentan los lugareños, a medida que el contrato social enfrenta cada vez mayor presión.

Tancítaro representa una tendencia silenciosa pero reveladora en México, donde un puñado de pueblos y ciudades se están separando de facto, en todo o en parte, del Estado. Se trata de actos de desesperación que revelan cómo la policía y los políticos mexicanos son vistos como parte de la amenaza.

Si visitas tres enclaves de ese tipo —Tancítaro, Michoacán; Monterrey, una acaudalada ciudad comercial al norte del país, y Ciudad Nezahualcóyotl, justo a las afueras de la capital mexicana—, encontrarás un patrón. Cada uno es un paraíso de relativa seguridad entre la violencia, lo cual sugiere que su diagnóstico del problema era el correcto. No obstante, sus victorias son frágiles y conllevan un costo considerable.

Son excepciones que confirman la regla: la crisis de México se manifiesta en forma de violencia, pero está enraizada en la corrupción y la debilidad del Estado.

Comenzó como una revuelta. La gente del pueblo formó grupos de autodefensa para expulsar a los grupos de delincuencia organizada que controlaban, en la práctica, buena parte de Michoacán y a la policía local, que era vista como cómplice. Los propietarios de aguacatales, cuyas familias y negocios se enfrentaban a la creciente amenaza de la extorsión, financiaron la revuelta.

Así fue como Tancítaro se quedó sin policía ni gobierno, puesto que las autoridades huyeron. En cambio, el poder se acumuló entre los paramilitares que controlaban las calles y quienes los respaldaban y financiaban, una organización de agricultores de aguacate adinerados conocida como Junta Local de Sanidad Vegetal, que los ciudadanos suelen llamar la Junta.

Casi cuatro años después, mientras que otros pueblos gobernados por autodefensas en Michoacán colapsaron debido a la violencia, las calles permanecen seguras y limpias. Sin embargo, al deshacerse de las instituciones que permitían que el crimen floreciera, Tancítaro creó un sistema que se asemeja en muchos aspectos al control que tendría un cártel.

El gobierno comenzó con una purga. Los jóvenes sospechosos de formar parte del cártel fueron expulsados del pueblo. A los de bajo nivel (los informantes o halcones), principalmente niños, se les permitió quedarse, aunque los narcotraficantes terminaron por asesinar a la mayoría de ellos en represalia, según un comandante del grupo de autodefensas.

Si bien la violencia disminuyó, permaneció la estructura de poder de tiempos de guerra. Ahora los grupos paramilitares fungen como la policía, además de encargarse de resguardar el perímetro del pueblo y los aguacatales.

Oficialmente, la autoridad máxima en Tancítaro es un alcalde, Arturo Olivera Gutiérrez, tan popular que fue candidato con el consentimiento unánime de todos los partidos políticos importantes y ganó de manera apabullante en 2015.

De manera no oficial, el alcalde rinde cuentas a los propietarios de los aguacatales, quienes predeterminaron esta elección asegurándose de que fuera el único candidato viable, según Falko Ernst y Romain Le Cour Grandmaison, investigadores de seguridad que estudian la situación en Tancítaro.

Los consejos ciudadanos, diseñados como representaciones de un utopismo democrático, ostentan poco poder. Los servicios sociales se tambalean.

Si Tancítaro se separó con las armas, la ciudad de Monterrey, sede de muchas de las más importantes corporaciones de México, lo hizo con un fichero de tarjetas de presentación y un apretón de manos.

En lugar de expulsar a las instituciones, la élite empresarial regia se apoderó de ellas sin decir nada, con la bendición de sus amigos y compañeros de golf que son servidores públicos.

Sin embargo, el progreso que tuvieron, que alguna vez fue extraordinario, ahora vacila: la delincuencia está regresando.

Ciudad Nezahualcóyotl, una extensión de un millón de residentes a las afueras de la zona metropolitana de Ciudad de México, llegó a ser conocida principalmente por su pobreza, la violencia pandillera y una corrupción policial tan prevaleciente que los oficiales comúnmente extorsionaban a los ciudadanos.

Hoy, aunque todavía sigue siendo un barrio bravo, Neza es mucho más seguro. Sus policías son considerados “un modelo realmente prometedor”, de acuerdo con John Bailey, profesor de la Universidad de Georgetown que estudia la vigilancia policial en México, en una parte del país donde la mayoría son vistos como amenazas.

A diferencia de Tancítaro o Monterrey, Neza no tiene paramilitares ni una élite empresarial que se haga del poder o lo gane. Su gobierno parece normal a simple vista. Sin embargo, el jefe de la policía que ha supervisado los cambios, un exacadémico con un aire de abuelo llamado Jorge Amador, no es normal.

Durante años ha usado a Neza como su laboratorio personal, poniendo a prueba una gran mezcla de reformas duras, planes descabellados y experimentos elaborados.

Amador tuvo la libertad de experimentar —y lo que logró con esos experimentos se mantuvo—, porque el gobierno de Neza tampoco es normal. Se ha separado de una parte del Estado.

Neza invirtió el modelo de Monterrey: en lugar de establecer una fuerza policial independiente y apropiarse del sistema político, Neza estableció un sistema político independiente y se apropió de la policía.

Redes Sociales

Otros Temas

Lo más leído